El joven terrorista entró en el parque, miro a uno y otro lado, escogió una banca semioculta entre los árboles y a ella se dirigió, tratando de pasar inadvertido. Al llegar a la banca, depositó con sumo cuidado el paquete que traía bajo el brazo y luego él mismo se sentó a un lado, enjugándose el sudor que empapaba su rostro de mozalbete. Distraído en esta labor, no se dio cuenta de la llegada de una ancianita frágil y encorvada que se plantó frente a él y lo miró con aire de reproche.
-¿No tiene inconveniente en hacerme un sitio joven?-le dijo la ancianita con voz severa y fuerte acento norteño-, El paquetito de ropa lo puede dejar a un lado donde no moleste a nadie.
-No es un paquete de ropa-replicó el terrorista con gesto torvo-, es una bomba.
-Razón de más para quitarla de ahí -, insistió la viejita impertérrita-, No querrá usted tenerme aquí de pié, esperando que estalle.
El terrorista cogió de mala gana el envoltorio y lo puso en el suelo. La ancianita limpió con un pañuelo el trozo de a siento desocupado, se acomodó en él y pausadamente sacó de su bolso una bola de estambre y un par de agujas. Empezó a tejer y, sin levantar los ojos de su labor, inquirió indiferente:
-¿Tiene mucha potencia el cacharro ese?-
-No lo sé- se encogió de hombros el joven-, Yo no fabriqué la bomba. Pero supongo que tendrá la suficiente para destripar una docena de cochinos burgueses.
-¡Ah!- sonrió la viejita, sin dejar de tejer y sin apartar la vista de su labor-Se trata de una bomba para destripar cochinos burgueses ¿No?
-¡No!- gruñó el terrorista, es para volar la embajada de Tortolonia, por imperialista.
La dama meditó por algunos momentos, y luego dijo:
-La embajada de Tortolonia, y lo digo con conocimiento de causa, ya que vivo al lado, ocupa un edificio muy grande y bastante sólido. ¡Y tú piensas volarla con una bomba cuya potencia ni siquiera conoces! Vas a fracasar muchacho, y perdona que te lo diga.
-¿Y a usted qué demonios le importa que fracase o no? ¿Es acaso la embajadora? ¿La esposa, la madre o la abuela del embajador? ¿O acaso la portera?
La ancianita no sólo no se molestó, sino que sonrió dulcemente.
-No soy más que una persona con experiencia y sentido común, hijo. Y si quisiera volar una embajada, especialmente una de un país capitalista (que suelen construir sus edificios de manera muy sólida), pondría una bomba con fuerza suficiente para conseguir mi objetivo. No para romper unos cuantos cristales, que después de todo se pueden hacer añicos a pedradas, con menor esfuerzo, y desde luego con menos ruido.
El joven terrorista no pudo disimular su ansiedad:
-¿Cree usted que sólo podré romper unos cristales, señora?
-¿Cómo voy a saberlo, hijo, si yo tampoco he fabricado la bomba y por lo tanto ignoro su potencia?- Se encogió de hombros la viejita.
El jovenzuelo empezó a roerse las uñas-
-Anda, anda-continuó la ancianita sin levantar la mirada del tejido-.Vete a casa y vuelve con una bomba de verdad, como las que se usan en las guerras. Lo demás son ganas de exponerse a un disgusto y de perder el tiempo.
Cabizbajo, el joven terrorista cargo con su envoltorio y se alejo con un gesto de preocupación, sin despedirse siquiera de la ancianita. Esta, lo miró al marcharse con el rabillo del ojo, y sin dejar de tejer, suspiró con melancolía.
-¡Esta alocada juventud de ahora! - se dijo para sus adentros-Ni siquiera saben que potencia tienen sus explosivos.
Después cruzó por su mente el recuerdo de cuando cincuenta y tantos años atrás, antes de venir a radicar en la ciudad de Guadalajara, había militado en la zona de los Altos de Jalisco, a las órdenes del General cristero Bernardino Reyes…en las trágicas guerras cristeras, y había volado vías ferroviarias y convoyes federales con cartuchos de dinamita, que primero encendía cual si fueran cigarros habanos, es decir, colocándolos entre los dientes. Y cuya potencia conocía perfectamente, ya que ella los fabricaba.
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